miércoles 4 de noviembre de 2009

Punto de fuga

*
"Absent without leave".

viernes 31 de julio de 2009


Y a voces buscan, para hablar de ellas.

domingo 14 de junio de 2009

Acaecer ucrónico de El Pseudo-Alejandro

Despuntando detrás de un horizonte rectangular, se escapan los últimos resquicios del día. Las contraindicaciones de todas las trazas del tiempo se difuminan penosamente. La ucronía se distiende entre la sala y la cocina.

Desde las sombras, el Pseudo-Alejandro también está destinado a dominar al mundo. Sentado frente al televisor, aquel espacio intracelular post-sináptico parece llenarse de pronto de ese alifático pernicioso que sólo poseen los verdaderos héroes. Es un rumor de voces que recorre el cuerpo.

¡Visca el Barça! ¡Visca el Fútbol!, grita repentinamente levantándose del sofá, con las manos alineadas hacia el techo del departamento, detrás del cual se esconde Apollo.

Debajo de las moquetas percudidas, detrás de la tapicería barata o simplemente camuflados sobre las paredes, están los dioses del Olimpo. A estas horas de la humanidad, ninguno de ellos es más que una ocurrencia fantasmal. Son un idioma desgastado que ha quedado en el olvido. El kitsch ufano de alguien más.

Cerca de la ventana, rodeados de polvo y envueltos en aquella luz canónica y coloidal que se cuela por las cortinas, Ares y Atenea discuten nuevamente. Con una vaga gesticulación que acompaña la atmósfera de imperfección solemne, Ares se declara seguidor del Manchester. Su voz autoritaria llega desde los terrenos célicos del comedor, organizando a las tropas esmeradamente y gritando órdenes irreverentes a la pantalla del televisor.

Atenea observa los movimientos de su ejército con atención. Lleva una camiseta azul y grana sobre el pecho que, está segura, lamentaría usar en cualquier otra situación. No se levanta a festejar la primera anotación porque, después de todo, vociferar aún le parece un acto profano y le produce un malestar agudo en los dedos de los pies. Sin embargo, se gira lentamente, calculadora, y mira a Ares de esa forma pendenciera que sólo reserva para este tipo de ocasiones. Luego, aquel boceto de batalla empíreo que se desdibuja en los contornos de la sala, vuelve a retener su atención por completo.

Dos silbatazos después, la guerra termina. Ares y el Manchester han perdido. Y aún así, el dios olímpico está secretamente complacido. No ha tenido que esperar diez años esta vez para ver el resultado del partido y el poco tiempo que ha empleado en esta lucha es, a penas, un motivo de celebración. Los dioses, como todos, han aprendido que en este nuevo mundo el tiempo-mediático, así como tantas otras cosas, también se ha comprimido.

Satisfechos, los ídolos se retiran. El Pseudo-Alejandro está solo, de nuevo, en la habitación.

***

El Pseudo-Alejandro vive su vida ignorando, deliberadamente, cualquier alusión a la falsedad. Jamás, bajo ningún concepto, ha dejado que la levedad de su no-existencia se apodere de su historia.

Después de todo, él también es Alejandro.

sábado 30 de mayo de 2009

Walking Barefoot

walkingbarefoot

Ausentes, nuestros pasos se encuentran.

sábado 18 de abril de 2009

A su alrededor, la vida tomó sentido.

jueves 26 de marzo de 2009

Asteroide B-612

Descubres que no estás muerto, después de todo. Y cuando abres los ojos por primera vez en mucho tiempo, han pasado al menos cincuenta y nueve años.

Típica y casi desesperadamente, despiertas con las últimas luces del atardecer; a lo lejos, hay un faro retórico que se enciende y se apaga cada pocos segundos. Sonríes. No, te ríes. Y tu primer pensamiento desafortunado es que te estás haciendo viejo.

Te desembarazas de los restos del avión muy despacio, como si necesitaras una eternidad para volver a la vida. Y, cuando por fin eres libre, te das cuenta de que ahora estás más atado, que bajo los escombros.

El mundo ya no parece ser el mismo y en una franja de mar cantábrico y mediterráneo, antes deshabitada, encuentras, de pronto, un terrario. Cientos, sino miles, de figuras humanas-no-humanas caminan por todos lados, al azar. Su rutinario éxodo vespertino, a penas se detiene al final del día.

Te mezclas entre la multitud con facilidad. Nadie, absolutamente, nota tu no-existencia, apenas incidental en este mundo. Sin embargo, prefieres las caminatas nocturnas.

Tienes a bien seguir el mapa que aprendiste cuando eras joven y que guardas para siempre sobre tu cabeza. Ya no sonríes. Es un punto perdido, aquel lugar en el espacio. Así que, cuando lo encuentras, te toma días transportar los restos del avión y re-ensamblarlos pieza por pieza, en medio del desierto.

Miras sobre tu hombro todo el tiempo y te aseguras de alimentar tu levedad-existencial regularmente. Tu apetito inexistente es todo el subterfugio que necesitas mientras permanezcas en tierra.

Cuando el avión está listo, ya no te reconoces a ti mismo. Manejar los controles es un gesto tan mecánico, que ahora parece un aspecto absolutamente desligado de tu persona. ¿Quién eres ahora que ya eres casi un autómata?

La hélice del F-5 jamás había sido tan ruidosa, pero el motor está en buenas condiciones. Confías tanto en aquel rústico y desangelado F-5, que ni siquiera te importa que esté apunto de hacerse pedazos.

Estabilizas la marcha y decides mirar a tierra por última vez. Sabes, con certeza, que todo es inanimado en aquella parte del desierto; sin embargo, la arena serpentea bajo tus ojos, formando patrones imposibles que componen un mosaico interfecto. Es casi como si este mundo sintiera la obligación de despedirse.

Sonríes de nuevo, en cierta forma.

Cierras la cabina sólo porque tu brazo derecho está acostumbrado a bajar el capote. El vidrio está estrellado casi por completo y ya ni siquiera te importa si el paisaje se divide en partes infinitas y repetitivas frente a tu nariz.

Cumples la última parte de tu misión y esperas, de nuevo, a que llegue el atardecer. Cuando la oscuridad se atenúa, consumida por diminutas luces que no puedes distinguir como faroles o como cerillas en realidad, remontas el vuelo hacia la negrura.

Hay un pedazo de papel atrapado en el tablero. Está completamente arrugado y lo que contiene es apenas una broma de tinta e intelección.

No, no es un sombrero, te aseguras.

Sonríes y no-sonríes esta vez y desapareces, definitivamente, en tu carrera hacia el espacio.

* * *
(Exupéry, 1943)

jueves 19 de marzo de 2009

"La guerra ha terminado."
(Franco, 1939)