domingo, 14 de junio de 2009

Acaecer ucrónico de El Pseudo-Alejandro

Despuntando detrás de un horizonte rectangular, se escapan los últimos resquicios del día. Las contraindicaciones de todas las trazas del tiempo se difuminan penosamente. La ucronía se distiende entre la sala y la cocina.

Desde las sombras, el Pseudo-Alejandro también está destinado a dominar al mundo. Sentado frente al televisor, aquel espacio intracelular post-sináptico parece llenarse de pronto de ese alifático pernicioso que sólo poseen los verdaderos héroes. Es un rumor de voces que recorre el cuerpo.

¡Visca el Barça! ¡Visca el Fútbol!, grita repentinamente levantándose del sofá, con las manos alineadas hacia el techo del departamento, detrás del cual se esconde Apollo.

Debajo de las moquetas percudidas, detrás de la tapicería barata o simplemente camuflados sobre las paredes, están los dioses del Olimpo. A estas horas de la humanidad, ninguno de ellos es más que una ocurrencia fantasmal. Son un idioma desgastado que ha quedado en el olvido. El kitsch ufano de alguien más.

Cerca de la ventana, rodeados de polvo y envueltos en aquella luz canónica y coloidal que se cuela por las cortinas, Ares y Atenea discuten nuevamente. Con una vaga gesticulación que acompaña la atmósfera de imperfección solemne, Ares se declara seguidor del Manchester. Su voz autoritaria llega desde los terrenos célicos del comedor, organizando a las tropas esmeradamente y gritando órdenes irreverentes a la pantalla del televisor.

Atenea observa los movimientos de su ejército con atención. Lleva una camiseta azul y grana sobre el pecho que, está segura, lamentaría usar en cualquier otra situación. No se levanta a festejar la primera anotación porque, después de todo, vociferar aún le parece un acto profano y le produce un malestar agudo en los dedos de los pies. Sin embargo, se gira lentamente, calculadora, y mira a Ares de esa forma pendenciera que sólo reserva para este tipo de ocasiones. Luego, aquel boceto de batalla empíreo que se desdibuja en los contornos de la sala, vuelve a retener su atención por completo.

Dos silbatazos después, la guerra termina. Ares y el Manchester han perdido. Y aún así, el dios olímpico está secretamente complacido. No ha tenido que esperar diez años esta vez para ver el resultado del partido y el poco tiempo que ha empleado en esta lucha es, a penas, un motivo de celebración. Los dioses, como todos, han aprendido que en este nuevo mundo el tiempo-mediático, así como tantas otras cosas, también se ha comprimido.

Satisfechos, los ídolos se retiran. El Pseudo-Alejandro está solo, de nuevo, en la habitación.

***

El Pseudo-Alejandro vive su vida ignorando, deliberadamente, cualquier alusión a la falsedad. Jamás, bajo ningún concepto, ha dejado que la levedad de su no-existencia se apodere de su historia.

Después de todo, él también es Alejandro.

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